jueves, 10 de febrero de 2011

Acrílico

Hace tiempo encontré una miniatura. No sabría decir exáctamente cuándo, pero más de un año. Entre el primer par de hojas rojas y un cumpleaños.

Era estupenda, no tenía marcas del molde y estaba hecha de una resina fina y suave, con un detalle espectacular. La forma era muy dinámica, de estos modelos que sólo con verlos ya te puedes imaginar lo que vas a disfrutar sacando unos relieves por aquí o marcando unas sombras por allá, haciéndo que resalte la luz donde más llama la atención. Era una pieza de las que te motivan sólo con verlas a presentarte a algún concurso, sabiendo que cuantas más ganas pongas en trabajar en ella, mejor te lo vas a pasar pintándola.

Algunas piezas estaban rotas, y alguien las había pegado de cualquier manera con un pegamento no muy delicado, por ello estaba en el fondo de una caja de ofertas en una tienducha. Hasta mi bolsillo podía pagar algo así, de manera que no me lo pensé.

No soy un trabajador muy metódico, y no suelo encasillareme en una sóla técnica. También soy lento pintando y me canso rápido si paso mucho tiempo trabajando en lo mismo, por lo que me gusta pintar con calidad en sesiones no muy largas, y sin marcarme metas. Lo que no se pinte hoy, se puede pintar mañana. O mañana cojo el disolvente y lo rehago todo de cero. Pero siempre con mucho cariño y paciencia. Disfrutando y visualizando cómo puede encajar cada filigrana y cada detalle con lo que puedo pintar otro día.

Al final, como con muchas otras miniaturas, la perdí. O se me rompió. La imprimé con aerógrafo, capas suaves, muy líquidas, delicadas como su resina. Rehice algunas partes perdidas de estaño esculpiéndolas de nuevo en masilla de modelismo. Tenía un millón de cajitas preparadas con elementos de escenografía para decorarle la peana. Diluí la pintura hasta casi convertirla en agua para, película tras película, recrearme en todos sus relieves y conseguir un resultado suave y bien difuminado. Al menos lo intenté. Pero un día ya no estaba. Se la comió el perro. O la tiró la señora de la limpieza cuando quitaba el polvo y la hizo añicos. O una botella de disolvente se virtió sobre mi mesa de trabajo y tuve que tirarlo todo. Ya no me acuerdo cuál de todas fue.

Desde entonces he pintado otras. Algunas me han quedado mejor y otras peor. Algunas también se accidentaron. Pero con todas aprendes cosas; nuevas técnicas, nuevos materiales, nuevas ideas. Aún así, a veces me acuerdo de algunas, sobre todo las que quedaron a medio pintar, e intento recordar al menos la marca del fabricante, por ver si consigo alguna similar de su serie. A veces las encuentro, pero nunca resultan ser lo mismo que aquellas que perdí, no sé por qué.

Sé que todos esos modelos también los habrán pintado otros con mayor o menor acierto, pero las de mi vitrina son las mías. Y me encantan. Y podría tirarme las horas muertas mirándolas, pero prefiero dedicarles sólo unos minutos y dedicar mi tiempo a seguir pintando la tonelada de miniaturas que me esperan desnudas en mi estudio y que aún tengo pendientes, para seguir llenando vitrinas, para segir aprendiendo, y para seguir pasándomelo en grande.

Dedicado a una lámpara de dibujo estupenda. Tú sabes quién eres.

3 comentarios:

pseudosocióloga dijo...

Joerrrr, pedazo de metáfora, y sin tacos....

una gata en jerusalem dijo...

Hasta dan ganas de que le guarde usted a una un rinconcito en esa vitrina.

Illuminatus dijo...

La última miniatura que pinté con algo de vida fue para una persona especial para mí. No sé qué pasaría con la miniatura pero desde entonces perdí "el toque" o eso me parece a mí, y ya no he vuelto a pintar prácticamente nada.